JESUS QUE TE MIRE MUCHAS VECES PARA DARME CUENTA DE LO QUE ME AMAS

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CALENDARIO 2017

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lunes, 20 de octubre de 2008

"EVANGELIZANDO PARA LA VIDA ETERNA"


Todas las cosas, absolutamente todas, son vana ilusión.

Una frase así es como un golpe frente a la tensión permanente de todos los hombres que construyen su vida sobre el conseguimiento de las cosas. Hay dos posibilidades, la una que se equivoque el autor de la Biblia y, por lo mismo, todo diría que es ilusión, la otra que los hombres nos equivoquemos y que, por lo mismo, todo nuestro trabajo sería inútil. ¿Cómo ubicarnos frente a tal propuesta? Toda la creación está encaminada hacia la vida del hombre que es el centro de todo.

Puesto que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes de arriba donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios.

La tierra, sin la dimensión del cielo, no tiene su meta, se encuentra en el límite de la finitud y de la muerte. Si con el bautismo hemos participado de la victoria, ésta tiene que estar permanentemente viva en un enlace cotidiano para abrir a las cosas la ventana de la luz y del aire fresco de la mañana de resurrección.

Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia.

Se parece a la reacción de todos cuando nos encontramos con situaciones que no sabemos solucionar, le pedimos a Dios el “milagro”. Mala fórmula para entender la relación con el Maestro. Dios no se revela como el que soluciona las cosas que nos toca a nosotros realizar, sino como el compañero que asume con cada uno la tarea de buscar caminos de justicia y de fraternidad.

Y dirigiéndose a la multitud, dijo.

Es para todos. La multitud encierra en si misma a todos los que encuentran en la persona de Jesús al Maestro, al que da la razón de la vida.

Eviten toda clase de avaricia, porque la vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posea.

Aquí está el meollo, la centralidad de la persona frente a las cosas, no estamos para aumentar cosas y bienes, sino para hacer mejor la vida, “vine para que tengan vida y vida en abundancia”. Desde siempre los bienes han tenido la fuerza de la tentación, de desplazar a la persona para hacerse dios y, ciertamente cuando los bienes se hacen dios, Dios ya no tiene espacio en la vida que resulta llena de cosas y falta de sentido. “No pueden servir a Dios y al dinero”, la contraposición es clara, escoge.

Un hombre rico obtuvo una gran cosecha y se puso a pensar: “¿Qué haré…”

La grandeza de las cosas es al mismo tiempo su límite. Duran cuanto el tiempo y son medidas por el tiempo. No responden al anhelo de eternidad propio del ser humano y es por eso que no pueden llenar el corazón humano; perdido en la cantidad no se pregunta el “para qué” de las cosas.

Derribaré mis graneros y construiré otros más grandes.

Perdido en la dimensión de las cosas, el horizonte es el mismo de las cosas, del tiempo y de la cantidad. Números y más números, todo se hace cálculos y economía y el riesgo es que el hombre se haga números y economía. ¿Dónde quedan los demás valores, los sentimientos, la voluntad, el afecto, la espiritualidad, la libertad?

Entonces podré decirme: ya tienes bienes acumulados para muchos años; descansa, come, bebe y date a la buena vida.

Aquí está la meta de la vida cuando las cosas se han vuelto dios: “descansa, come, bebe y date a la buena vida”. Todo está al alcance de la capacidad de medir y de las decisiones tomadas, pero… ¿y si fuéramos más de lo que medimos?

Pero Dios le dijo: “¡Insensato! Esta misma noche vas a morir. ¿Para quién serán todos tus bienes?”

La muerte sigue siendo el gran drama de quien mide la vida con las cosas; todo queda en el gran interrogante sin respuesta del morir. Ya no hay sentido y, sin sentido, ya no hay vida.


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