JESUS QUE TE MIRE MUCHAS VECES PARA DARME CUENTA DE LO QUE ME AMAS

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PULSAR Y RECITAR LAS ORACIONES Y LAS PROMESAS DE JESÚS

jueves, 18 de octubre de 2012

CREDO APOSTÓLICO





SEGUNDA SECCIÓN:
LA PROFESIÓN DE LA FE CRISTIANA
CAPÍTULO TERCERO
CREO EN EL ESPÍRITU SANTO
ARTÍCULO 11
"CREO EN LA RESURRECCIÓN DE LA CARNE"

domingo, 23 de septiembre de 2012

VENGAN A MÍ TODOS LOS QUE SE SIENTEN INDIGNOS. YO LES ESTOY ESPERANDO.



Vengan a Mí todos los que se sienten indignos. Yo les estoy esperando.

Jueves, 21 de junio del 2012, a las 12:05 hrs.

Mu muy querida y amada hija, Mis seguidores deben entender que como cualquier buen padre, Yo siempre quiero lo que es mejor para ellos.

Nunca les daré todo lo que piden, a menos que esto esté de acuerdo con Mi Santa Voluntad.

Yo nunca les dejaré alejarse del camino de la verdad, sin coaccionarlos a regresar a Mí.

Trataré siempre de protegerlos de todo daño.

Yo también les castigaré por cualquier mal proceder.

Yo podría estar y puedo estar enojado cuando ellos hacen mal a otros.

También les perdonaría cuando proceden mal, si están verdaderamente arrepentidos por el error en sus caminos.

Yo soy paciente. No soy fácilmente impresionado y no puedo, ni podría, guardar rencor. 

Este es, el por qué aquellos que han divagado en la pérdida y que se sienten vacíos por dentro, Me piden que los sostenga, les ame y les traiga el Divino Amor que les dará la verdadera paz.

¡Tantas personas están perdidas y Me han olvidado!

Muchos, por las vidas de pecado que han llevado, están renuentes a volverse a Mí. Ellos se sienten incómodos, no saben cómo rezar y creen, equivocadamente, que es muy tarde para ellos. Cuán equivocados están. No deben olvidar que Yo ofrecí Mi vida en la Tierra por cada uno de ustedes.

Yo no Me doy por vencido de las almas tan fácilmente. Amo a todos aquellos, que, a través de sus acciones, obras y pensamientos, rompen las leyes de Mi Padre.

Ustedes son preciosos para Mí. Les amo así como amo a todos los hijos de Dios.

Nunca crean que ustedes son menos amados por el pecado. El pecado, al mismo tiempo aborrecible para Mí, es la mancha con la cual ustedes nacieron.

Es casi imposible para cualquier alma en la Tierra no pecar.

Nunca sientan que Yo nunca les podría ayudar o darles la bienvenida entre Mis brazos.

Ustedes se pondrán en pie, en fila, para entrar a Mi Nuevo Paraíso en la Tierra, el cual durará 1.000 años, cuando ustedes se vuelvan a Mí. Todo lo que Yo pido es que hablen conmigo con estas palabras:

Cruzada de Oración (62): Pecadores perdidos y desamparados

Oh Jesús, ayúdame porque soy un pecador, desamparado y en tinieblas.
Yo soy débil y falto de valor para buscarte.
Dame la fortaleza para llamarte ahora,
para que así pueda desprenderme de las tinieblas dentro de mi alma.
Tráeme dentro de Tu Luz, querido Jesús, perdóname,
ayúdame a ser nuevo otra vez y llévame a Tu Amor, paz y Vida Eterna.
Yo confío en Ti completamente y Te pido, que me tomes en mente, cuerpo y alma
mientras yo me rindo a Tu Divina Misericordia. Amén.


Vengan a Mí todos ustedes los que se sienten indignos. Yo les estoy esperando. Todo lo que se necesita es sostener su mano y buscarme.
Yo escucho. Yo veo. Yo lloro. Yo les amo.

Yo nunca Me rendiré hasta que ustedes estén en Mis brazos y Mi Divina Misericordia inunde sus almas.

Pronto, ustedes finalmente verán la Verdad de Mi Gran Misericordia.

Sus dudas se desvanecerán como una cubierta exterior, para revelar su alma, la cuál será llenada con la Luz y ustedes vendrán corriendo hacia Mí.

Yo espero ese día con gran esperanza y alegría.

Solo, cuando toda pobre alma perdida sepa que solo Yo, Jesucristo; puedo salvarles, Mi Corazón será sanado.

Recuerden que Yo puedo condenar el pecado, pero que amo a todo pecador, no importa qué haya hecho.

Nunca estén temerosos de venir a Mí, de hablarme, porque Yo les amo muchísimo para rechazarlos, cuando muestran verdadero remordimiento.

Su amado Jesús

sábado, 21 de julio de 2012

EL HOMBRE QUE NO HABÍA REZADO NUNCA



El célebre novelista argentino Hugo Wast envió este escrito a una revista literaria mexicana -Ábside- en 1957. Hasta donde hemos podido investigar, parece ser que no aparece en alguna de sus obras y sólo se publicó en esa revista, por lo que creemos que es prácticamente inédito hoy en día. CATOLICIDAD lo rescata y lo presenta a sus lectores, que seguramente valorarán su contenido literario y teológico.


Iba a morir: En la sonrisa artificial de todos, que trataban de engañarlo anunciándole una próxima mejoría, veía que iba a morir.

No tenía fe, ni caridad, ni esperanza.

No había rezado nunca y se jactaba de ello, como de una hazaña. Era viejo; no tenía apego a la vida, ni temor a la muerte.

Dentro de una hora, de dos, a lo sumo tres, habría dejado de vivir.

Pidió que se alejaran para dormir un reto y cerró los ojos. Quería espiar los mínimos detalles de su propio morir: una inmensa curiosidad; algo pueril, increíble.
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La curiosidad del incrédulo que ha querido construirse su propio Dios, para adorar su propia obra, que es como adorarse a sí mismo, y quiere, al final, ver como se porta ese Dios.

Su enfermedad era una anemia sin dolores, que le dejaba libre el espíritu para espiar la llegada de la muerte. Quería estar despierto, porque si se dormía, no se despertaría nunca más.

Ya no tenía fe ni en sí mismo, su único Dios.

A ratos, relampagueaba en su cerebro una duda fastidiosa: si más allá de la negra cortina que pronto iba a descorrerse, pudiera haber algo distinto de lo que había pensado. Para asistir al último minuto de su vida y el primero de su muerte, con lúcido entendimiento, habíase negado a tomar cualquier droga que pudiera enturbiárselo.

Su curiosidad empezaba a inquietarlo. ¿Con qué se encontraría cuando el brazo descarnado de la muerte descorriera la negra cortina? ¿Vería lo que nunca quiso ver? ¿Un Dios tal vez? ¿Pero no un dios hecho por sus manos, sino ese Dios eterno, omnipotente, al cual no había rezado nunca?

Tantas veces afirmó ante los hombres que Dios no hacía falta para comprender ninguna de las cosas del universo, que acabó por creerlo; y si la existencia de Dios hubiera dependido de él, es decir si hubiera estado en su mano borrar del universo a ese Dios innecesario, lo hubiera borrado tranquilamente.

De pronto pensó que morir no era pasar al otro lado de una cortina negra. Puesto que no tenía fuerza ni siquiera para cambiar de postura en su propia cama, morir sería caer a plomo en un abismo oscuro y hundirse sin ruido en una agua cenagosa, pestífera, que se cerraría sobre su cabeza.

Fuera lo uno o lo otro, más allá de esa cortina o en la profundidad de esa ciénega hedionda, ¿no se hallaría de repente con esa Luz que él habría apagado en el mundo, Luz que le alumbraría cosas que ya no podrían cambiarse, porque habría concluído el tiempo para ello?

Un sudor helado bañó sus miembros y la lengua se le pegó al paladar.

Intentó gritar y pedir que le trajeran a alguien con quien hablar secretamente en esos últimos minutos, en que todavía podía cambiar su eternidad.

Pero de su garganta no salió más que un estertor.

-Aún está vivo-, oyó que alguien decía, tanteándole el pulso.

Sí, estaba vivo y quería que le entendieran que necesitaba lo que había rechazado siempre, unas veces con burla y desprecio y otras con tal odio y furia que ahora nadie se lo propondría. Y su lengua estaba muerta ya.

Se acordó que pertenecía a una sociedad de incrédulos que se habían comprometido a no pedir en la hora de la muerte auxilios religiosos y a no atender el pedido que alguno de ellos hiciese en aquel trance, porque sería signo de reblandecimiento cerebral. Se retractaban por anticipado de esa posible debilidad, cuando estaban en pleno dominio de su inteligencia y de su voluntad.

Él se encontraba prisionero de aquel juramento y rodeado de amigos que no lo escucharían, aunque gritase toda la noche.

Había renegado de la Luz y la Luz se había retirado de él. Había pecado contra el Espíritu.

Con sus propias manos había construido su dios, un dios en que ya no creía. Y ya tampoco sentía curiosidad sino pavor de lo que iba encontrar más allá. ¡Oh, si fuera cierto que más allá no existía nada! He aquí que él, predicador de la Nada, ahora creía que había mentido a los otros y se había mentido a sí mismo.

Oyó al médico que en voz bajísima dijo: -¡Ya se murió!

Y esa sentencia prematura heló de tal modo su corazón sin caridad, que no pudo engendrar un solo pensamiento cristiano. El tiempo se acabó. Dio un grito espantoso, que no llegó a salir de su garganta, y cayó a plomo en el agua negra y pestilente.

La oscuridad era tan inmensa, que a su lado las más lóbregas tinieblas del mundo parecerían luminosas.

En ese momento sintióse la voz de un ángel que cantaba el Nombre que está sobre todo nombre, el nombre de Nuestro Señor Jesucristo. Y sucedió lo que dice San Pablo, que al oírse el nombre de Jesús toda rodilla se dobla en los cielos, en la tierra y en los infiernos.

Y se abrió la puerta de bronce que ningún fuego funde, y el hombre que no había rezado nunca por no arrodillarse ante nadie, entró de rodillas en los infiernos.

¡Oh, prodigio! La oscuridad era allí mucho más densa, pero los ojos del condenado la traspasaban como flechas rojas; y vieron que también allí había penetrado la voz del ángel, y aquel mundo de impenitencia lo escuchaba de rodillas. Y más allá, mucho más allá, divisó al que por toda la eternidad iba a ser su rey y señor, rodeado de una multitud de sombras pálidas, tristísimas, arrodilladas. Y comprendió que el diablo formaba su escolta predilecta con los que nunca habían rezado y que sólo en los infiernos se arrodillaban.

Y comprendió también una cosa terrible, de la que él mismo daba fe: que ni uno sólo de ellos había sido un verdadero ateo. Todos, en el secreto de su obstinación, habían creído en Dios, pero no lo habían confesado para no humillarse ante Él, ni en la oscuridad de un aposento. Ahora, al doblarse sus rodillas con espantoso crujido de huesos, sentían el peor de los tormentos del infierno (*); pero su obstinación era tan grande, que si hubieran podido escapar por algún resquicio de las indestructibles puertas, ninguno de ellos se habría arrepentido, por no rezar al que nunca habían rezado.

Sus almas estaban irremediablemente secas para el Amor que se engendra en la humilde oración.

Fue tan horrorosa su desesperación que dio un alarido y oyó decir a su médico: -¡Me he equivocado! ¡Todavía vive! Pero pronto acabará.

Entendió que había soñado aquellos horrores y se arrepintió de su insensatez. Y con esfuerzo desesperado logró articular estas palabras: -¡Tráiganme un sacerdote!

Le obedeció una pobre sirvienta que no estaba juramentada con los incrédulos. Trájole el sacerdote, cuya mano consagrada rompió la coraza de barro que envolvía su corazón; sus pecados se desprendieron de su alma, como escamas, y por primera vez rezó.

Murió una hora después y entró en el cielo de rodillas, llorando de júbilo. Y pudo ver la faz de Dios.

Hugo Wast (Gustavo Martínez Zuviría).
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(*) La privación de Dios.

Tema relacionado: LA VIDA DEL SEÑOR "X"
Otro escrito de Hugo Wast: LA FIGURA DEL SACERDOTE

EL PECADO MORTAL, SUS CONSECUENCIAS Y REMEDIOS





Para salvarnos, debemos rechazar con valentía el pecado y remover los obstáculos que acumulan a nuestro paso los enemigos de nuestra alma; vivir en la gracia santificante, cumplir los divinos mandamientos y rezar cada día.


Después del pecado original, para conseguir la salvación eterna, tenemos que luchar enérgicamente contra el pecado – que es el enemigo número uno y, en cierto sentido, el único que tenemos enfrente. Tenemos que luchar también contra el mundo, demonio y carne, que no cesan de acumular obstáculos en nuestro camino como amigos y aliados del pecado. Si el mundo, es decir, los hombres que viven sin tener cuenta de la Ley de Dios, el demonio y la carne son tan peligrosos y temibles, es únicamente porque vienen del pecado y conducen a él.

Nunca nos pondremos suficientemente en guardia contra este mortal enemigo de nuestra alma, por que por un solo pecado mortal, podemos perdernos eternamente. Tener un pecado mortal es mil veces peor que tener el SIDA, cáncer y lepra juntos.


Examinemos un poco lo que es el pecado mortal, cual es su malicia, cuáles son los daños que nos hace, qué armas y remedios tenemos para luchar y triunfar de él.



¿Qué es el pecado mortal?


El pecado mortal es una trasgresión voluntaria de la Ley de Dios en materia grave. Es una rebeldía contra Dios.


Dios tiene su Ley. En su infinita sabiduría ha sabido resumirla en los diez mandamientos. La Iglesia, con Divina autoridad ha añadido algunos otros, con el fin de hacernos cumplir con mayor facilidad y perfección los divinos preceptos.


Cuando el hombre, dándose perfecta cuenta de que lo que va hacer está gravemente prohibido por la ley de Dios o de la Iglesia, quiere hacerlo a pesar de todo, comete un pecado mortal que pone completamente de espaldas a Dios y le vincula a las cosas creadas, en las que coloca su último fin renunciando a la salvación eterna1 1.



Para que un pecado sea mortal hay tres condiciones:


1) Advertencia perfecta por parte del entendimiento,
2) Consentimiento perfecto, o plena aceptación por parte de la voluntad.
3) Materia grave prohibida por Dios.


Los efectos inmediatos del pecado son:


1) Aversión a Dios del que se separa voluntariamente al despreciar sus mandamientos, y es lo que constituye lo formal o el alma del pecado;
2) Conversión a las cosas creadas mediante su goce ilícito, que constituye lo material o el cuerpo del pecado.
3) He aquí unos ejemplos de pecado mortal que conducen al infierno. San Pablo nos advierte: “Fornicación y cualquiera impureza o avaricia, ni siquiera se nombre entre vosotros, como conviene a santos, ni torpeza, ni vana palabra, ni bufonerías…Porque tened bien entendido que ningún fornicario, impuro avaro que es lo mismo que idólatra tiene parte en el reino de Cristo y de Dios. Nadie os engañe con vanas palabras, pues por estas cosas descarga la ira de Dios sobre los hijos de la desobediencia. No os hagáis pues copartícipes de ellos” (Efesios 5, 3-7). Lo que dicen o hacen los pecadores no vale nada. NO debemos participar de sus locuras o aprobarlas.

Dios mismo nos advierte hablando de pecado graves: “NO os hagáis ilusiones. Ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas, ni los maldicientes, in los que viven de rapiña, heredaran el reino de Dios”. (I Corintios. 6,9-11).


La malicia del pecado mortal


Ninguna inteligencia creada o creable podrá jamás darse cuenta perfecta del espantoso desorden que encierra el pecado mortal. Rechazar a Dios a sabiendas y escoger en su lugar a una vilísima criatura en la que se coloca la suprema felicidad y último fin envuelve un desorden tan monstruos e incomprensible, que sólo la locura y atolondramiento del pecador puede alguna manera explicarlo. El ejemplo de la pobre pastorcita de la que el rey se prendo y la desposó consigo, haciendo la reina, y que de pronto abandona el palacio real y se marcha en plan de adulterio con un miserable seductor, no ofrece sino un pálido reflejo de la increíble monstruosidad del pecado.

El mismo Dios, infinitamente bueno y misericordioso, que tiene entrañas de padre para todas su criatura s y que nos ha dicho en la sagrada Escritura (Ezequiel 33,11) , sabemos que por un soloque no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva, sabemos que por un solo pecado mortal:

a) Convirtió a millones de ángeles en horribles demonios para toda la eternidad.
b) Arrojó a nuestros primeros padres del paraíso terrenal, condenándoles a ellos y a todos sus descendientes al dolor y ala muerte corporal y ala posibilidad de condenarse eternamente aun después de la redención realizada por Cristo.
c) Exigió la muerte en la cruz de su Hijo muy amado, en el cual tiene puestas todas sus complacencias para redimir al hombre culpable (San Mateo 17,5).
d) Mantendrá por toda la eternidad los terribles tormentos del infierno en castigo del pecador obstinado.
e) Todo esto son datos de fe católica: es hereje quien los niegue. ¿Qué otra cosa podrá darnos una idea de la espantosa gravedad del pecado mortal cometido de una manera perfectamente voluntaria y a sabiendas?

¿Corres hacia tu perdición eterna?


Los efectos del Pecado mortal
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No hay catástrofe ni calamidad pública o privada que pueda comparase con la ruina que ocasiona en el alma un solo pecado mortal. Es la única desgracia que merece propiamente el nombre de tal, y es de tal magnitud, que no debería cometerse jamás, aunque con él se pudiera evitar una terrible guerra internacional que amenace destruir a la humanidad entera, o liberar a todas las almas del infierno y del purgatorio.
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Sabido es que, según la doctrina católica – que no puede ser mas lógica y razonable para cualquiera que, teniendo fe, tenga además sentido común -, el bien sobrenatural de un solo individuo está por encima y vale infinitamente más que el bien natural de la creación universal entera, ya que pertenece a un orden ínfinitamente superior: el de la gracia y la gloria.

Así como sería una locura que un hombre se entregase a la muerte para salvar la vida a todas las hormigas del mundo – vale más un solo hombre sacrificase su bien eterno, sobrenatural, por salvar el bien temporal y meramente humano de la humanidad entera: no hay proporción alguna entre uno y otro.


El hombre tiene obligación de conservar su vida sobrenatural, de vivir en la gracia a toda costa, aunque se hunda el mundo entero.

He aquí los principales efectos que causa el alma un solo pecado mortal voluntariamente cometido:

1) Pérdida de la gracia santificante que hacía el alma pura, santa e hija adoptiva de Dios heredera de la Vida eterna. Sin la gracia santificante nadie puede salvarse.
2) Pérdida de las virtudes infusas (caridad, prudencia, justicia, fortaleza, templanza) y de los dones del Espíritu Santo, que constituyen un tesoro divino, infinitamente superior a todas las riquezas materiales de la creación entera.
3) Pérdida de la presencia amorosa de la Santísima Trinidad en el alma, que se convierte en morada y templo de Satanás.
4) Pérdida de todos los méritos adquiridos (mediante las buenas obras) en toda su vida pasada, por larga y santa que fuera.
5) Feísima mancha en el alma, que la deja tenebrosa y horrible a los ojos de Dios. “El pecado, dice San Juan Crisóstomo, deja el alma tan leprosa y manchada que mil fuentes de agua no son capaces de lavarla”.
6) Esclavitud de Satanás. El que está en el pecado mortal es esclavo de Satanás “que es príncipe de los pecadores”, dice San Agustín.
7) Aumento de las malas inclinaciones. El pecador esta debilitado y no puede fácilmente resistir contra el mal, le cuesta mucho trabajo hacer el bien.
8) Remordimiento e inquietud de conciencia, el que está en pecado mortal no tiene tranquilidad y paz en su alma ni en su familia, ni en su trabajo.
9) Reato, es decir merecimiento de pena eterna. El pecado mortal es el infierno en potencia, es decir, el que está en pecado mortal puede en cualquier momento caer en el infierno para siempre.


Como se ve, el pecado mortal es como un derrumbamiento instantáneo de nuestra vida sobrenatural, un verdadero suicidio del alma a la vida de la gracia Y pensar que tantos y tantos pecadores lo cometen con increíble facilidad y ligereza , no para evitarle al mundo una catástrofe lo que sería ya gran locura-, sino por un instante de placer bestial, por unos miserables pesos que tendrán que dejar en este mundo, por un odio y rencor al que no quiere renunciar y otras mil bagatelas y niñerías por el estilo!


Realmente tenía razón San Alfonso de Liborio cuando decía que el mundo le parecía un inmenso manicomio en el que los pobres pecadores habían perdido por completo el juicio. Y, con razón también, la piadosísima reina Blanca de Castilla le decía a su hijo San Luis, futuro rey de Francia: “Hijo mío, preferiría verte muerto que cometer un solo pecado mortal.” Es impresionante la descripción que hace Santa Teresa del estado en que queda un alma que acaba de cometer un pecado mortal”. (A ella se lo hizo ver Nuestro Señor de una manera milagrosa); “no sería posible a ninguno pecar, aunque se pusiesen a mayores trabajos que se que se pueden pensar por huir de las ocasiones”, (Moradas primeras, c.2)


¿Cómo podemos evitar el pecado mortal?


El que quiere asegurar la salvación eterna de su alma, nada tiene que procurar con tanto empeño como evitar a toda costa la catástrofe del pecado mortal.



Sería gran temeridad e increíble ligereza seguir pecado tranquilamente confiando en realizar más tarde la conversión y vuelta definitiva a Dios. En gran peligro se podría ese pecador de frustrar esa esperaza tan vana e inmoral. La muerte puede sorprenderle en el momento menos pensado, y se expone, además, a que la justicia de Dios determine substraerle, en castigo de tan manifiesto abuso, la gracia eficaz del arrepentimiento, sin la cual le será absolutamente imposible salir de su horrible situación. Si diera cuenta el pecador del espantoso peligro a que se expone, no podría conciliar el sueño una sola noche a menos de haber perdido por completo el juicio.

He aquí, indicados nada más, algunos de los medios más eficaces para salir del pecado mortal y no volver jamás a él:

1) Asistir al santo Sacrificio de la Misa. “por que nos obtiene la gracia del arrepentimiento, nos facilita el perdón de los pecados. ¡Cuantos pecadores, asistiendo a Misa, han recibido allí la gracia del arrepentimiento y la inspiración! de hacer una buena confesión de toda su vida”! (R. Garrigou-Lagrange, el Salvador, ed. Patmos, pág. 463).
2) Confesión y comunión frecuente, con toda la frecuencia que sea menester para conservar y aumentar las fuerzas del alma contra los asaltos de la tentación. Por la salud del cuerpo tomaríamos con gusto todos los remedios y medicinas que el médico nos mandara. L salud del alma vale infinitamente más.
3) Reflexionar todos los días un ratito sobre los grandes intereses de nuestra alma y de nuestra eterna salvación. La lectura diaria meditada de la vida de los santos ayuda mucho. (Hay unos libros fundamentales: S. Francisco de Sales; Introducción a la Vida devota; S. Alfonso de Liborio, reparación para la muerte; El gran medio de la Oración).
4) Oración de súplica pidiéndole a Dios que nos tenga de de su mano y no permita que nos extraviemos. El Padrenuestro bien rezado y vivido, ayuda mucho.
5) Huida de las ocasiones. El pecador está pedido sin eso. No hay propósito tan firme ni voluntad tan inquebrantable que no sucumba. Con facilidad ante una ocasión seductora. Es preciso renunciar si contemplaciones a los espectáculos inmorales (se comete, además, pecado de escándalo y cooperación al mal, contribuyendo con nuestro dinero a mantenerlos amistades frívolas y mundanas, conversaciones torpes, revistas o fotografías obscenas, películas, Internet, la caja de todos los vicios etc. Imposible mantenerse en pie si no se renuncia a todo eso. La felicidad inenarrable que nos espera eternamente en el cielo bien vale la pena de renunciar a esas cosas que tanto nos seducen ahora, sobre todo teniendo en cuenta que por un goce momentáneo nos llevarían a la eterna ruina.
6) Devoción entrañable a María, nuestra dulcísima Madre, abogada y refugio de pecadores. Lo ideal sería rezarle todos los días el Santo Rosario, que es la primera y más excelente de las devociones marianas y grandísima señal de prdesdestinación para que lo rece devotamente todos los días; pero, al menos, no olvidemos nunca las tres avemarías al levantarnos, acostarnos y a experimentar la tentación, para que nos alcance la victoria.
7) Hacer regularmente los Ejercicios Espirituales de San Ignacio. Hay una muerte, un juicio, una eternidad feliz o infeliz. Con el pecado no se discute. Tenemos que salvarnos cueste lo que cueste.



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viernes, 22 de junio de 2012

LA VIDA TEMPORAL Y LA VIDA ETERNA


La muerte es una separación del cuerpo y del espíritu por desfallecimiento de aquél. Durante la vida temporal, el hombre debe prepararse para la eterna.
 | Fuente: Catholic.net
La vida temporal y la vida eterna
La vida temporal y la vida eterna 
El cristianismo, una religión de milagros y de misterios. 

Hay dos errores gravísimos: el de instalarse cómodamente en la vida del tiempo, haciendo del camino fin y de lo provisional definitivo, comprometiendo así gravemente la vida en la eternidad; y el obsesionarse hasta la obnubilación con la vida eterna, de tal modo que, en un quietismo antivitalista, olvidemos que es aquí, en la vida temporal, donde hemos de definirnos para aquélla.
Es en el tiempo donde nos definimos para la salvación o la condenación eternas. Y es al fin del tiempo cuando ha de producirse el examen individual sobre el amor, es decir, sobre las obras, porque obras son amores y no buenas razones.

El milagro prueba el señorío de Dios sobre el orden de la naturaleza por El creado, que rompe o interrumpe.

El misterio prueba el señorío de Dios sobre la Verdad, que, sin dejar de serlo, el hombre, por sí solo, no puede ver en muchas de sus parcelas, necesitando que El se las revele.

Centrando nuestra atención en lo mistérico, para percibir y percatarse de la Verdad que oculta, hace falta, con la Revelación, una fuente de conocimiento más alto que la de los sentidos, y aún más alto que la que nos proporciona la razón. Esa fuente más elevada de conocimiento se llama la fe.

Si la luz de Dios -Lumen Dei- permite al bienaventurado contemplar intuitivamente, hacienda innecesaria la luz de los sentidos, la luz de la razón y la luz de la fe el hombre, en tanto esa bienaventuranza no llegue, aquí, en el tiempo y en el espacio, necesita para su andadura correcta, para no tropezar o para rehacerse del tropiezo, alumbrarse con la llama triple de los sentidos, de la razón y de la fe.

También el cristianismo, por ser mistérico, aunque parezca contradictorio no lo es, porque lo contradictorio no puede concordarse, mientras que lo paradójico explica y concuerda en su contexto lo que, en principio, es decir, a primera vista, se presenta como discordante, inconciliable y antinómico.

Hay , así , paradoja y no contradicción en frases conocidas como éstas: "los últimos serán los primeros", "el que se humilla será ensalzado"·, "mi paz os dejo, pero he venido a traer la guerra", "dichosos los que padecen", "el que quiera salvar su vida la perderá,...."

La suprema paradoja -y no contradicción, como veremos- no está en unas palabras, sino en un hecho clave. Cristo, Maestro de la Verdad, dice de Si mismo: «Yo soy la Vida»; y sin embargo, la Vida encarnada muere en la Cruz.

A este hecho clave hemos de llegar si con la luz de los sentidos, de la razón y de la fe, nos acercamos a la vida y a la muerte, como problema esencial de todo hombre; y, como un derivado, al derecho a vivir de coda hombre en su etapa histórica en la que vosotros y yo nos encontramos.

La muerte, como destrucción orgánica, es un fenómeno psicosomático, que transforma el cuerpo animado en cadáver, al estar desprovisto de animación. Un cadáver, durante algunas horas, como por inercia, mantiene la configuración corporal; y hay cadáveres que, artificialmente -embalsamamiento y momificación- o sobrenaturalmente -cadáveres incorruptos de algunos santos-, la conservan por tiempo indefinido. Pero, en cualquiera de los casos, allí no hay cuerpos, sino cadáveres.

Pero la muerte, en el hombre, es algo más que un fenómeno psicosomático, que puede homologarse con la muerte de otros seres vivos creados. la muerte en el hombre es un fenómeno metafísico, sobrevenido porque el hombre, siendo naturaleza creada, es sobrenaturaleza. El hombre, enmarcado en, y fruto de la tarea creadora genesíaca, aparece como un ser sobrenatural en un doble sentido: por una parte, se le proclama rey de la creación, destinado a dominarla -por lo que está sobre ella-, y por otra, el aliento de vida que le da el ser es un aliento divino eternizante y, por ello cualitativamente distinto e infinitamente superior al del resto de todo lo creado.

El hombre, criatura-eternizada, no fue, ni siquiera originariamente, criatura glorificada, pero el aliento divino de vida, que al espiritualizarle lo eternizó, hizo tránsito a su envoltura corporal, que de suyo, de por sí, hubiera estado sujeta a la muerte. El hombre del paraíso era un hombre inmortalizado. la muerte en el hombre es un acontecimiento metafísico sobrevenido. la muerte de la carne es el fruto de la desobediencia de su espíritu libre, el Haftuag que dirían los alemanes, la responsabilidad hecha castigo por la Schuld, es decir, por la culpa.

Por eso, yo acojo con ironía el esfuerzo de algunos defensores, incluso en el campo católico, de la teoría de la evolución, con su lista más o menos imaginaria de los antropoides intermedios. Para mí, lo que teológica e históricamente se ha producido en la humanidad es, en cierto modo, una involución, una degradación, un retroceso. No es que el antropoide, en un momento y en un lugar indeterminados, se haya convertido en hombre, con la posición erecta -bípedo implume- y el ensanchamiento de su ángulo facial, sino que el hombre inmortalizado, con inteligencia diáfana y voluntad firme, al rebelar libremente su espíritu contra Dios, privó a su alma, no de su eternización -porque el espíritu no perece-, pero Si de su glorificación, y a la carne de su inmortalidad. Reducida la carne a sí misma, inutilizada por el pecado la fuerza inmortalizante del espíritu, el cuerpo del hombre quedó aprisionado por el deterioro y el desfallecimiento de la naturaleza creada que, en principio, iba a dominar. Por el pecado, la naturaleza le dominó y sometió la carne -sólo naturaleza de por sí- a su propia ley de finitud.

A luz de la fe proyectada sobre la muerte del hombre, sobre su reencuentro con la tierra, de cuyo barro se formó su carne, sobre la reconversión en polvo de lo que no era más que polvo, nos conduce desde la promesa del Paraíso que se perdió al cumplimiento histórico y metahistórico de la misma promesa. El vástago de José anunciado en el Génesis, próximo para Isaías, recordado en el Adviento que acaba de comenzar, vine a destruir el pecado y con el pecado su fruto, que es la muerte.

Esa victoria la consigue la Vida encarnada muriendo, y muriendo en la Cruz. A partir de ese instante, la muerte cobra, con significado distinto, otra valencia sobrenatural. No deja de ser un fenómeno psicosomático, no deja de ser salario del pecado, no deja de ser guadaña segadora, pero es, al mismo tiempo, para el hombre en gracia, que ha escondido su vida en Cristo y muere en El y con El, llave del Paraíso y janua coeli, puerta del cielo. Pero hay algo más. En el Símbolo de la Fe decimos que "creemos en la resurrección de los muertos",. la conversión de la guadaña en llave del muro que cierra en pórtico que se abre, es una realidad esperanzada para el cuerpo, que recobrará su incorruptibilidad y será inmortalizado y glorificado. Cuando se consume la victoria sobre la muerte, victoria que tuvo su principio y tiene su garantía en Cristo resucitado, con los ojos del cuerpo, que ahora no pueden ver a Dios, traspasados por el lumen gloriae, se podrá contemplar en Dios lo que El ha preparado para el gozo del hombre.

Todo esto nos lleva a lo que podríamos llamar una nueva visión de la muerte, de la vida y del status viatoris que discurre desde que la vida temporal se inicia hasta que la vida temporal concluye.

Nueva visión de la muerte: Aunque la muerte en el hombre no deje de ser la obra del Maligno, que por odio a la vida la introdujo en la humanidad; aunque la muerte vaya despertando como vivencia acosadora conforme transcurren los años y se advierta su cercanía; aunque la vivencia de la muerte produzca pánico, por lo que pueda implicar de dolorosa y de tránsito a lo desconocido, repugnancia por instinto de conservación, rebeldía ante lo que puede interpretarse como inhumano, tristeza amarga como frustración del ser, resignación estoica ante la imposibilidad de evitarla, todo ello en el cristianismo es superable, porque su visión de la muerte, sin ignorar esas reacciones, las supera.

Para el cristiano, que mira la muerte no sólo con la luz de los sentidos y de la razón, sino con la luz de la fe, la muerte no aniquila el ser. La muerte es una separación, una despedida del cuerpo y del espíritu por desfallecimiento de aquél. La despedida no es para siempre. No es un adiós, sino un hasta luego. Lo tremendo del hombre no es que muera de verdad, sino que, aun deteriorándose y pulverizándose el cuerpo, el hombre -su yo personal identificante- no muere nunca.

Nueva visión de la vida: la vida del hombre es lineal, pero ascendente. En ella hay, no uno, sino dos alumbramientos; y ambos son dolorosos, porque la redención del hombre y la vida histórica del hombre están signadas por el dolor. El primer alumbramiento es el parto. Por el parto, el hombre ve la luz del mundo. Por el parto se da a luz en el tiempo; y la separación del claustro materno es dolorosa para la madre y para el hijo; y dolorosa hasta el derramamiento de sangre. Por el segundo alumbramiento, se pasa a la luz de la eternidad. Este nuevo dar a luz es también separación dolorosa, porque hay dolor en el cuerpo, que siente su desanimación progresiva, y en el alma, que, al irse desprendiendo de la nebulosa de los sentidos, con todas sus potencias en vigor, tiene conciencia nítida del desgarro. El dolor de este alumbramiento es más profundo que el del primero, porque incide en la más íntima radicalidad del ser. De alguna manera podría recordarlo la separación de la uña de la carne, a que se refería doña Jimena al separarse del Cid, o la frase de Antonio Rivera, nuestro "Angel del Alcázar": «¡Me estoy muriendo!»

Ahora bien; si la muerte es otro alumbramiento, como el del trigo que se pudre para hacerse espiga, o el gusano de seda que, luego de hacer su capullo, lo rompe y, alado, se hace mariposa, o el del hierro que, en la fragua, incandescente y cincelado y forjado, se convierte en obra de arte, la muerte no es una pérdida, sino una ganancia, como dice San Pablo, y todas aquellas reacciones, pánico, repugnancia, rebeldía resignación, se hacen deseo. Nadie como Teresa de Jesús manifiesta ese deseo, no de morir como huida, como olvido o como descanso, sino como anhelo de usar la llave y de abrir la puerta de la Vida, de morir precisamente para vivir. El desasosiego de morir por no morir florece en los versos famosos: "Y en tal alto Vida espero, que muero porque no muero."

Nueva visión del status viatoris: En el aquí y ahora de la primera etapa vital, el hombre, a la luz de la fe, no contempla lo que ha de sucederle como una prolongación sino dio de aquélla; como un estirón sin final del tiempo; como un tiempo con prórroga interminable. El tiempo de la eternidad ya no es tiempo. Y el parto segundo de la muerte no es una prolongación longitudinal, sino una ascensión cualitativa.

En el itinere histórico el hombre transcurre en él ahora-tiempo, y, como señala Zubiri, desde un instante hacia un algo. El «ahora temporal» navega sobre el «siempre eterno»; y ese ahora comprende para el hombre desde su concepción hacia y hasta su muerte corporal. En ese ahora, el hombre se va configurando, conformando, definiendo y haciéndose definitivo, de tal forma que configurado, conformado y definido, es decir, consumado definitivamente, llega con su alma, al morir el cuerpo, a la eternidad.

La Parusía, que es la exaltación jubilosa, del triunfo final de Cristo, supone la absorción del tiempo por la eternidad, la inmortalidad gloriosa del cuerpo humane y la transformación de la naturaleza en una tierra y en un cielo nuevos.

Siendo esto así, para un cristiano la etapa histórica de su vida es una preparación y una provisionalidad. Durante ella ha de procurar ir definiéndose, es decir, preparándose y equipándose para la eterna. El ahora ha de estar en función del siempre, y el camino y el quehacer del camino han de concebirse en función de la meta.

Caben aquí, sin embargo, dos errores gravísimos: el de instalarse cómodamente en la vida del tiempo, haciendo del camino fin y de lo provisional definitivo, comprometiendo así gravemente la vida en la eternidad; y el obsesionarse hasta la obnubilación con la vida eterna, de tal modo que, en un quietismo antivitalista, olvidemos que es aquí, en la vida temporal, donde hemos de definirnos para aquélla.

Es en el tiempo donde nos definimos para la salvación o la condenación eternas. Y es al fin del tiempo cuando ha de producirse el examen individual sobre el amor, es decir, sobre las obras, porque obras son amores y no buenas razones.

Con esta perspectiva, debemos asomarnos a la cuestión actualísima como ninguna de la muerte y de la vida temporales. Una y otra se contemplan desde la luz de los sentidos y de la razón, pero, sobre todo, a la luz de la Verdad revelada y, por tanto, de la fe: la fe objetiva, como haz de verdades, y la fe subjetiva, como virtud teologal.

La vida y la muerte temporales, en función de la Vida o de la muerte eternas, se contorsionan en la ley, en las costumbres y en la conciencia individual y colectiva. Ahí donde la vida está amenazada, allí el cristiano ha de comparecer para dar testimonio de la verdad, aunque el testimonio conlleve persecución y sacrificio.

martes, 22 de mayo de 2012

LA VIDA ETERNA CONSISTE EN ESTO: EN QUE TE CONOZCA A TI, EL ÚNICO DIOS VERDADERO, Y A JESUCRISTO, TU ENVIADO (Jn 17,3)




VIDA ETERNA
“La vida eterna consiste en esto: en que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, tu enviado” (Jn 17,3). Conocer al Dios de Jesucristo, conocer al Hijo y al Espíritu Santo, conocerlos no sólo con la mente, sino también con el corazón, conocerlos estando en comunión con ellos, conocerlos de modo que olvidemos todo lo demás: eso es la «vida eterna». Lo demás pertenece a las cosas que pasan, a la infinita vanidad del todo, a lo que carece de consistencia, a lo que tiene una vida efimera, a lo que no vale la pena aferrarse.
Mi vida ha de ser un continuo progreso en el conocimiento del Dios vivo y verdadero, un progreso en la sublime ciencia de Cristo, un caminar según el Espíritu, porque esta vida es ya vida eterna. Una vida, a veces, poco apetecible, porque la condición humana hay que vivirla en la carne y en la sangre, porque el mundo me envuelve y me condiciona, porque mi fe es todavía titubeante e insegura. Pero basta con que me detenga un poco a reflexionar en las palabras del Señor, basta con que invoque su Espíritu, para que reemprenda el camino hacia el inefable mundo de Dios y llegue a comprender la fortuna de haber escuchado, también hoy, estas palabras que me unen al Padre y al Hijo, en el vínculo del Espíritu, para pregustar algunas gotas del dulcísimo océano de la vida eterna.